La chica de la curva ya no se dedica a asustar a los incautos que paran ante los dedos pulgares. Ahora tiene un cargador lleno de logotipos de marcas de alta costura, de gran calibre. Y una venérea en la recámara. Me encuentro tres veces con el mismo coche en la carretera. Yo paro por placer. Él rellena de agua el radiador. Pero sonríe, yo no.
Partes de mi que están muertas, o agonizantes. La familia se ha despedido. Un montón de gente con neveras espera para extraer los órganos. ¿Cómo se revive a un muerto?... Paseando. Acercándote a la gente, observándola. Vuelvo a no reconocer a estos humanos como miembros de mi manada. Será que dicen que hay crisis. Es más fácil que nunca hablar sin decir nada. Empatizar con las personas, que van enfrascadas en sus privadas melancolías.
En la calle veo un Ferrari. Es raro verlos aquí. Tiene el motor cubierto por una lámina de plástico transparente. Los mozos se paran delante y entablan conversaciones serias sobre válvulas, caballos y miles de euros. No hace falta escucharlos, la misma conversación está produciéndose en miles de lugares en todo el mundo delante de miles de deportivos. Quizá más de la mitad de los dueños esten mirando desde alguna terraza. Regocijandose en su pretendida superioridad. Los demás tendrán a las secretarias arrodilladas bajo su mesa. O eso quiero pensar. Es que soy un romántico.
Mientras, la chica de la curva espera un taxi a la salida de la Cruz Roja. Lleva muchos paquetes de comida. Ayuda para inmigrantes sin recursos. Sólo para inmigrantes. Será que soy un fascista. Será que en realidad soy un reaccionario peligroso. Una persona predispuesta a caer en los brazos del "Lepenismo" si se diera la circunstancia. O quizá que desconfío siempre. Pensé que todo eso había muerto. Pero no.
El camino del coche que para cada poco a rellenar el radiador era el mismo que el mio. Aparca delante de la terraza donde leo el periódico. Donde acreciento mi bilis. Al lado del Ferrari. El hombre sonriente rebusca unas monedas para el parquímetro, no las encuentra. Al poco tiempo un "proto-poli" le extiende una receta. El Ferrari tampoco tiene recibo. Pero tiene licencia municipal para aparcar encima de quien le de la gana.
Tendría que inventarme algún nombre, para hacer más personal este relato. Pero lo que recuerdo con claridad, es la historia. O al menos la visión que yo tengo de ella. Siempre he sido muy malo para recordar detalles a mi juicio superfluos. Imagino que es debido a mi nula capacidad para empatizar con las personas. O a lo mejor por la absoluta obsesión por los personajes que disfruto y padezco a partes iguales. De vez en cuando distraigo mi atareado cerebro imaginando o completando con detalles la existencia de los humanos que comparten determinado espacio y tiempo conmigo. Rara vez les hablo. Tampoco dejo que se dirijan a mi más de lo absolutamente necesario. Estoy convencido de que su historia real me decepcionaría. Sólo podrían aportarme la verdad. O con toda probabilidad la visión distorsionada que ellos tengan de la misma. Yo prefiero crear mis propias distorsiones. Suelo imaginar, que cada una de las personas que pasan a mi lado, ya sea sin verme, o mirándome descaradamente, tienen dentro de si una historia increíble.
Por ejemplo, siempre que veo a uno de los enfermeros que cansina e inevitablemente nos reparte los medicamentos a la misma hora, posee en realidad una fuerza sobrehumana. Creo firmemente que cuando sale del Sanatorio y se desenfunda sus blancos atuendos, renace en él cada día una increíble vitalidad. En un secreto pacto que hizo en tiempos pretéritos, (ya que también es poseedor del don de la eterna juventud) con los más altos dignatarios a nivel mundial, acordaron que para mantener el delicado equilibrio entre el bien y el mal, sólo intervendría en aquellas ocasiones en las que este se viera fortalecido. De manera por ejemplo, que a modo de superhéroe ecléctico interviene para bien o para mal en los destinos de todos nosotros. Ya sea salvando un barco de un naufragio, o permitiendo que alguna bomba estalle en depende que país. Cada noticia del mundo real que llega a mis manos, en las contadas ocasiones en que algún viejo periódico burla el cerco al que estamos sometidos, reconozco enseguida su mano.
A pesar de los necesarios esfuerzos de todos los cuidadores por mantener nuestra libido en cotas bajas, también tengo sitio para las azarosas aventuras amorosas de la limpiadora. Envuelta se encuentra últimamente en un triangulo amoroso con inquietante pronóstico. Amante secreta del marido de su madre, acaba de descubrir que este ya lo era a su vez de su progenitora mientras su padre aún vivía. Circunstanciaque hace más apetecibles los encuentros sexuales que tan a menudo mantienen. Marcadas siempre por la violencia propia de quien deja que sus instintos nublen su razón.
También convivo con personas que se encuentran en mi misma condición de convicto. Hay un viejo que se sienta a mi lado en las sesiones de cine. En muchas ocasiones creo que estas son parte de la condena. El viejo suele canturrear una canción en francés. Fruto sin duda del tiempo que pasó como espía en el país galo. Cuando lo retiraron del servicio, se propuso contar su historia a quien estuviera interesado en oírla. No fue del agrado de sus anteriores superiores tal idea. Por lo que decidieron darlo por loco, y encerrarlo de por vida para que su mensaje no trascendiera. Realmente yo creo que está un poco chiflado.
Hace poco más de media hora el viejo me pidió por favor que acabara con su sufrimiento. Y al ser yo tan dadivoso en lo que se refiere a los deseos del prójimo accedí sin mucho reparo. Aprovechando mis conocimientos en el campo de la chacinería, lo maté de un solo golpe. He de decir para ser veraz, que su edad y su falta de interés por defenderse hicieron más fácil la tarea. La limpiadora descubrió en un grito la situación, y vino a interesarse por tan impoluto trabajo. Me ofreció sus encantos y los rechacé con gallardía. Su reacción fue violenta y acabé por tener que silenciarla. El enfermero obviamente tenía conocimiento de lo que acababa de ocurrir. Este turno era para la no intervención. Aunque con todo lo que sabía, ahora mismo yo resultaba alguien muy peligroso. Hizo gala de su hercúlea fuerza, y trató de amedrentarme con enormes alaridos que profería mientras sus ropas cedían incapaces de contener su excitada musculatura. De esta forma pude impedir sus bestiales envestidas. La batalla fue cruenta pero logré ensartarlo con un tubo de calefacción.
Ahora mismo amigos míos. Espero mi destino mientras, las fuerzas especiales de todas las naciones libres, tratan de urdir un plan con el que detenerme o asaltar la zona del sanatorio en la que me he hecho fuerte. Venderé cara mi derrota.
Es la casualidad. Mi novia me consiguió un número de teléfono con el que logré un trabajo en el conocí a otra chica por la que la dejé. Al principio ella lloró, pero su odio la llevó a la acertada convicción de que era lo mejor que había hecho en años.
Es casualidad que todo cambie en mi tan deprisa. No es destino. El destino es una forma cobarde de ver la vida. Te parte en dos muy a menudo. Es entonces cuando debes pararte ante un espejo, y analizar tus nuevas arrugas. Darte cuenta de que llevas bastante tiempo sin afeitarte. Y que la barba de tres días no causa el efecto en las mujeres que solía causar cuando la dejabas crecer toda la semana para estar más guapo el sábado por la noche. Que cuando corres, tus pulmones rezuman miles de efluvios nocivos causados por los cigarros delante del ordenador, o de una hoja en blanco. O de los pantalones que empiezas a dar por sentado que jamás te volveras a poner. Y reinventarte. Asumiendo las casualidades como filosofía de vida. Dejando libre el camino a las que vendrán, sin madurar. Crecer es también de cobardes. Peter Pan era un tipo inteligente.
Espero una casualidad en la que yo sea especialmente afortunado. Tengo este blog creado y sin contenido hace algún tiempo. Estoy leyendo "Una cuestión personal" de Kenzaburo Oe, Los libros, cualquier libro tiene en mi el mismo efecto que tiene la Biblia para los creyentes. Parece que me hablan. Saben lo que me preocupa. Los protagonistas tienen unos problemas parecidos a los mios. El de este libro se ve encerrado por una pareja, un montón de proyectos no compartidos... Pero por casualidad, me he confundido de libro a la hora de ir al baño. Las tapas son iguales. "Escritos de un viejo indecente" Bukowski y yo hemos compartido muchas horas de delirio. En el prólogo explica la casualidad de como llegó a escribir el conjunto de relatos que publicó en el periodicucho de un amigo que lo había creado porque le habían echado de su anterior empleo. Por haberse negado a tapar el pene y los testículos del niño Jesús en una portada de Navidad.
Entonces vengo al ordenador corriendo. Necesito que la gente vuelva a leerme. Es casualidad. Es mi ego de escritor frustrado. Soy yo.